Recuerdo el momento en que pisé Lucknow, la capital de Uttar Pradesh, por primera vez. El aire olía a especias y a humedad caliente, mezclado con el rumor constante de los rickshaws. Al salir del aeropuerto, un conductor me llevó en un viejo Ambassador hasta el centro. Durante el trayecto, me fijé en los carteles bilingües —hindi e inglés— y en los vendedores ambulantes que ofrecían samosas recién fritas. Lo primero que me sorprendió fue la amabilidad de la gente: un anciano en la acera me sonrió y me dijo en hindi algo que luego supe que significaba “bienvenido”. Esa calidez no la había sentido en ninguna otra ciudad india.
Después de unos días en Lucknow, tomé un tren nocturno hacia Varanasi. Llegar allí fue como entrar en otro mundo. Los callejones estrechos del casco antiguo estaban llenos de vacas, peregrinos y sadhus. Mi experiencia más intensa fue al amanecer en los ghats del Ganges. Me subí a una barca de madera mientras el sol teñía de naranja el río. Vi a los hindúes haciendo sus pujas, sumergiéndose en el agua sagrada, y a los crematorios humeando cerca. Un brahmán me explicó que, según las escrituras, morir aquí libera del ciclo de reencarnaciones. No pude evitar sentir una mezcla de fascinación y respeto profundo. El olor a incienso, a flores de caléndula y a cuerpos quemados es algo que jamás olvidaré.
De Varanasi viajé a Agra en un autobús que tardó más de ocho horas. Llegar al Taj Mahal por la mañana temprano, justo cuando la luz blanca del alba lo bañaba, fue un momento casi mágico. Caminé descalzo por el mármol frío, sintiendo los relieves de piedras semipreciosas incrustadas. Un guía local, un hombre mayor llamado Ramesh, me contó que el monumento no solo es un mausoleo, sino un símbolo del amor eterno del emperador Shah Jahan hacia Mumtaz Mahal. Me mostró cómo la cúpula parece cambiar de color según la hora del día. Lo que más me impactó, sin embargo, fue el contraste entre la perfección del Taj y el bullicio caótico de la ciudad a sus pies: vendedores de recuerdos, monos callejeros, niños pidiendo dinero. Esa dualidad —lo sublime y lo cotidiano— define a Uttar Pradesh.
Volver a Lucknow me permitió explorar su famosa gastronomía. Un amigo local, Akram, me llevó al barrio de Aminabad, famoso por sus puestos de comida. Probé los kebabs de Tunday Kababi, tan tiernos que se deshacían en la boca, hechos con carne de búfalo y una mezcla secreta de especias. También comí biryani de Lucknow, con arroz aromático, trozos de pollo y azafrán. Akram me explicó que la cocina de Awadh (la región histórica de la que Lucknow es capital) es una fusión de influencias mogoles y persas. Incluso me llevó a un horno de barro donde un cocinero preparaba naans en segundos. Esa noche, sentado en un banco de plástico, con el ruido de la calle de fondo y las manos pringosas de grasa, entendí por qué dicen que la comida de Uttar Pradesh es un viaje en sí misma.
Desde Agra, hice una excursión de un día a Fatehpur Sikri, la ciudad fantasma construida por el emperador Akbar en el siglo XVI. Al caminar por sus patios vacíos, me impresionó la mezcla de estilos hindú y islámico. Los pilares tallados del Diwan-i-Khas, donde Akbar discutía con sabios de diferentes religiones, me hicieron reflexionar sobre la tolerancia religiosa que alguna vez existió. Un guardia me contó que la ciudad fue abandonada por falta de agua, y que hoy solo quedan los ecos de su grandeza. Me senté bajo la sombra del Buland Darwaza, la puerta más alta del mundo, y observé a los langures saltando entre las ruinas. La sensación de soledad y majestuosidad era abrumadora.
Mi viaje coincidió con Holi, el festival de los colores, y no podía perdérmelo en Mathura, considerada la ciudad natal del dios Krishna. Me levanté temprano y me uní a la multitud en el templo de Dwarkadhish. Pronto, todo era una explosión de polvo de colores: rojo, azul, amarillo, verde. La gente bailaba, cantaba y lanzaba agua con pistolas. Un grupo de jóvenes me embadurnó la cara con gulal mientras reían. Lo más increíble fue la sensación de comunidad: extraños se abrazaban y celebraban juntos, sin importar clase o religión. Al final del día, mi ropa parecía un lienzo abstracto y mi piel olía a flores y especias. Esa experiencia me mostró la cara más festiva y vibrante de Uttar Pradesh.